Queridos amigos
Estamos concluyendo una etapa más de nuestra vida. Este hecho me lleva inevitablemente a rememorar los comienzos. Esos primeros pasos vacilantes que di en FoBa. Sé que cada uno tiene una historia de vida particular para contar, que cada uno ha vivido cosas distintas y que en definitiva ninguno de nuestros relojes marca el mismo instante... aunque nos hallamos cruzado en un punto común del camino para transitarlo juntos. Cada uno llegó acá con anhelos diversos, con quién sabe qué expectativas. A mí me tocó llegar gracias al empujoncito que me dieron mis amigas, aquellas que fueron testigos en el pasado de que había en mí ciertas habilidades para dibujar y para las tareas manuales. No contaba con la confianza de mi familia y eso pesaba mucho sobre mí y debo confesar que hizo muy difícil la decisión de inscribirme.
Los exámenes de ingreso se me hacían inaccesibles; de verdad, creía que no los pasaría. Miraba a los aspirantes que dibujaban a mi alrededor, y todos me parecían mucho más idóneos. Y ni qué hablar cuando nos tocó realizar el examen de pintura y creí haber hecho un verdadero desastre. Desconocía los materiales y recuerdo la infausta compra de un cartón gris sobre el cual usé directamente los acrílicos de colores y consideraba que cada pincelada estropeaba más el diseño de mi obra. Llegué prácticamente abatida al examen escrito. Había estudiado, pero hacía más de diez años que no rendía ninguna prueba, por lo que estaba deshabituada a estudiar y a pasar por la instancia de una evaluación. Me bloqueé. Aunque sabía bien los temas, no sabía por dónde comenzar a relatarlos. Sentía sobre mí la mirada fija e inquisidora del profesor que me decía ¿y vos, por qué no escribís, qué es lo que te pasa? Cada tanto nos recordaba el poco tiempo que quedaba. Fue media hora reloj sin esbozar ni una sola palabra sobre la hoja en blanco. Así estaba mi mente también. Esa hoja temible, silenciosa. Y al fin, luego de elevar al cielo todas las plegarias que se me pudieron ocurrir, las palabras comenzaron a fluir como un río caudaloso y llenaron carillas y carillas. Escribí sobre Berni y sobre las vanguardias argentinas ahondando en sus orígenes europeos (siempre me surge esa necesidad de bucear en aguas profundas, conocer las fuentes, las bases, los cimientos). Y no desacerté.
Cuando busqué en el listado de ingresantes a FoBa, comencé por las notas más bajas pues estaba segura de que allí me encontraría. ¡Cuál no fue mi sorpresa al ver que estaba en la lista con un promedio de 8,33! ¡Dios mío, qué triunfo sobre mi debilidad, sobre mi desconfianza, sobre toda adversidad externa e interna! Había oído en casa que yo no llegaría a hacer nada, ni siquiera sería capaz de pintar un paisaje, y que ya era demasiado grande para encarar una carrera… tantas cosas se dijeron y sin embargo, no los considero culpables, sino víctimas también de ese pesimismo insano que arrastramos como un mal de familia por generaciones. Sin embargo, algo en mí, un impulso misterioso, una chispa casi imperceptible, pero aún así, viva y dispuesta a dejarse convertir en llama, me conducía a tientas pero con paso firme.
Luego llegó el esperado día, a finales de marzo. Las primeras impresiones no las olvidaré jamás. Sentí pánico, sin exagerar. Entrar en un aula llena de gente de todas las edades. Los profesores que hablaban en un lenguaje desconocido pero interesante. Recuerdo las palabras de aliento de Beatriz Martinelli y su primera propuesta de trabajo grupal para romper el hielo. Las palabras de Carlos Amico que me son comprensibles recién ahora. Nos dijo que seguramente sentiríamos al egresar de esta carrera que habíamos retrocedido en cuando a nuestro modo de trabajar pero que resultaría todo lo contrario, que aprenderíamos mucho más, que en realidad, saldríamos de aquí siendo personas diferentes, desconocidas aún para nosotros mismos, pero más fuertes. Que ya no gustaríamos de las mismas cosas y que nuestra percepción de la realidad sería otra. Ni mejor ni peor pero distinta. Hoy, como dije, comprendo esas palabras.
En los años de esta carrera me pasaron muchas cosas. Aprendí más de lo que los profesores procuraron enseñarnos. Compartí mis horas con gente muy heterogénea, y sin embargo tan valiosa como jamás seré capaz de expresarlo. Mi vida asumió un rumbo distinto al que hubiera soñado o imaginado nunca. Jamás me hubiera adivinado profesora de artes visuales, debo confesar, pero el camino de la vida me trajo hasta aquí, y fui dócil; tanto cuanto pude.
No fueron años fáciles, sino llenos de incertidumbre, de conflictos externos e internos en los cuales hasta mi propia salud sufrió menoscabos. Pero salí adelante con esa fuerza que no viene de mí, pues no la poseo, lo aseguro. Y debo admitir que me fue muy bien. Que cada palabra de aliento de los profesores, era una caricia para mi alma herida por tantas veces en las que había sido víctima del desaliento. Yo misma no entendía mis aciertos. Me costaba agradecer los halagos sinceros a mi labor, porque estaba acostumbrada a la idea de que nunca podría hacer nada bien. Cada hallazgo de lo que era capaz de forjar, era como volver a ser una niña pequeña enfrentándome a un mundo lleno de misterios y con todo por descubrir y por explorar. ¡Eso agradezco tanto! De eso mismo se nutre hoy mi vocación docente, intentando que cada chico sea cual fuere su condición social o económica, descubra que puede, que es valioso y que cuanto se proponga, será capaz de alcanzarlo si se abre a esa posibilidad aunque sea mínimamente. Siento que mientras alguien está dispuesto a creer y a aceptar, Dios que es infinitamente generoso, completa su obra con creces. Si somos generosos, he oído por ahí que Él nunca se deja ganar en generosidad.
En estos dos años ya de ejercer la docencia en las escuelas, puedo decir que fueron los mismos niños y jóvenes quienes me enseñan a enseñar, pero con la condición de tener la mente y sobre todo, el corazón abierto y atento. Ellos esperan de nosotros y lo que gratis recibimos, gratis hemos de donarlo a los demás y no me refiero a contenidos específicos de la materia, por lo cual cobramos un sueldo y está bien que sea así. Pero nadie puede pagarnos ese plus que sale del corazón. Que no se mal entienda, no les quito importancia a los contenidos, al contrario, puedo percibir que se ven enriquecidos al enseñarlos con la actitud que anteriormente expliqué.
Aquí quedo, a la espera, con más expectativas que nunca, sabiendo que soy capaz de dar porque antes, he recibido y debo decir, que ha sido más de lo esperado. Si ha sido de lo bueno o de lo malo, pienso que todo puede transformarse en bien; que aquello que no me gustó, está bueno saber que no debo repetirlo para no disgustar ni entristecer a otros. En la escuela de la vida no hay maestros, sino sólo aprendices. Soy una más de ellos. No hay modelos acabados, sino gente que vive, sueña, sufre, aprende… doy gracias a todos por todo, aún por aquellas cosas que no comprendo hoy pero sé que si ahora me resultan oscuras, algún día se transformarán en luz.
El camino continúa, se abren nuevos horizontes… Sigamos adelante porque, parafraseando a cierto actor de una conocida película: “nunca se sabe qué nos traerá la marea”. Bendiciones para todos y que Dios los acompañe para que sus caminos sean buenos caminos, y así sean verdaderamente dignos de guiar a otros.


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