Miró hacia la luz y se alegró pensando en la alegría de la casa. Sentía el frío tenaz y mientras caminaba, apresuraba el paso descontando baldosas y adoquines. Los muros se alzaban hostiles a diestra y a siniestra. La calle se angostaba gris y húmeda, desolada y mezquina de faroles. Sin embargo, sentía latir tibio el corazón dentro del pecho. Tornaba cada tanto la mirada al primer piso del cual surgía aquella luminaria como faro que guía al navegante al puerto seguro. Le pareció de pronto, que aquel primer piso, ganaba en altura y que, cuanto más cerca de sus pasos estaba la anhelada vereda, el corazón más fuertemente y más cálidamente latigueaba su pecho.
Emoción. Se sabía esperado. Alguien... lo esperaba y había dejado encendida la luz y corridas las cortinas. Frotó las manos heladas y les sopló su aliento. Sonrió y hasta sus ojos sonrieron. Él se dio cuenta pero era algo que no podía explicar. ¿Cómo podía reír con la mirada? Y sin embargo, lo experimentó con certidumbre.
Ya no sentía el cansancio mientras aceleraba el paso. Estaba ya muy cerca... Tan cerca, cuando lo acució un desasosiego repentino e inexplicable. Pero no aminoró la marcha. Alzó los ojos hacia el cielo estrellado e hinchó de aire fresco sus pulmones. Volvió a frotar las manos y se halló ante el umbral. Tuvo miedo y se quedó inmóvil un instante ante la puerta, cuando notó que sin mediar llamado alguno, lentamente se abría. Un rostro sonriente se asomó, disipando los temores y las dudas y todos sus huesos y músculos se aflojaron a un tiempo, mientras el calor, retornaba a su cuerpo y a su alma, que ya languidecían. Unos brazos abiertos lo estrecharon fuertemente en un abrazo y suspiró rebosante de alegría. Se miraron a los ojos un momento, sin mediar palabras porque las palabras, no eran necesarias. Sabía que a lo lejos, alguien se había asomado a la ventana y lo esperaba con ansias quizás mayores aún que las que él tenía por llegar. Al fin, entró y sintió el exquisito aroma de la cena recién servida y aún humeante. El corazón

