Encontré uno de mis viejos escritos, y quería compartirlo en éste, mi espacio. Tenía 15 años cuando me expresé con estas palabras, sin entender bien qué quería decir.
He tomado tres flores del valle de la decisión, las guardé y olvidé dónde las había guardado. Al fin, llega la hora de encontrarlas y aspirar su perfume.
Qué extraño, no se han marchitado sus pétalos, parecen frescas... como recién cortadas.
¡He pasado tantas noches, he caminado tantos desiertos interminables! Y olvidé tantas cosas que me eran imprescindibles. Sin embargo, pude darme cuenta mientras andaba de que una sóla cosa precisaba saber: cuál era la meta.
Esto es lo único que no he olvidado en ningún camino y he llevado mis flores, sin saberlo, siempre conmigo. Ha llegado el tiempo de trasplantarlas, pues he hallado la tierra amena y fértil donde sembrar, plantar y cosechar. El sol bendito, con su luz me llena ¡y ha embellecido tanto este jardín!
Hay un arroyo que desborda, cristalino; a sus orillas crecen árboles y flores de toda especie, en variados colores y tamaños; yo he elegido este lugar.
Ahora, caminaré bordeándolo, iluminada por el sol durante el día y por la luna en la noche, que con una multitud de estrellas se refleja en las aguas. Mis pies no se hunden en el barro, apenas rozan el suelo y no vacilan: son firmes y seguros mis pasos.
Sólo tengo tres flores que ignoraba que traía; pero las he encontrado y ¡oh, prodigio! luego de tanto andar, no estaban marchitas y ahora florecerán sin término en este más que bello jardín.
Caminaba con una sóla idea fija en mi mente. Otras ideas iban y venían, pero ¿para qué tratar de recordar? ¡Cuánta pena y qué tristeza consumían este corazón hasta encontrar la paz! "La paz vendrá", dijo una voz en las tinieblas, y se hizo la luz.

Comenzó de a poco a amanecer para no encandilar a estos ojos ávidos de auroras. Y cuanto más alto el sol, más nítido y frondoso se tornaba el paisaje. Y ahora, de repente, ¡ya soy árbol! Hundo mis raíces en la tierra mejor, junto al arroyo que fluye sin fin. Dejo que la brisa acaricie mis hojas, me adormezco, sueño... Y veo en sueños lo que va a suceder y despierto como si no despertara, siempre en paz. Descubro entre mis hojas pequeños frutos de delicioso aspecto y me surgen deseos de darlos de comer a los viajeros y peregrinos que vienen a descansar bajo mi sombra. Comienzan a acercarse, los prueban y se van fortalecidos y contentos para proseguir su viaje. Nuevamente la sorpresa: mi copa no se ha vaciado de frutos, como hubiera supuesto. Encuentro ahora unos frutos enormes, que por su peso caen, y ya en la tierra buena, partidos exparcen sus semillas que germinan velozmente y crecen a mi alrededor otros muchos árboles que se multiplican incesantemente.
Siento que ha pasado mucho tiempo... pero me renuevo sin envejecer. Muchos se acercan a comer los exquisitos frutos a orillas del arroyo, bajo los rayos del sol, acariciados por la brisa fresca. ¡Todo esto es una delicia! Yo, simple y gratuitamente, estoy allí, sin saber cómo ni por qué.

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