lunes, 4 de septiembre de 2017

Reflexión XII




¿En qué momento dejamos de ser nosotros mismos, para convertirnos en algo tan ajeno? Asemejándonos a qué, o a quién. ¿Cuál es, ciertamente el prototipo, el referente al cual seguimos? ¿Por qué hay que ser como alguien más, por qué hay que ser distintos a lo que esencialmente somos? ¿Por qué terminamos, a la mitad del camino de la vida, desconociéndonos, intentando con pocas esperanzas encontrarnos nuevamente? ¿Cuántas capas hay cubriendo lo que somos? ¿En cuántas piezas de rompecabezas se ha descompuesto nuestra historia? ¿Hacia dónde vamos, si no estamos donde hubiéramos soñado estar?


Si lo que con el alma anhelábamos, inexorablemente ha quedado truncado y se ha perdido… ¿Hacia dónde caminar de ahora en adelante? Con sueños disfrazados y deseando qué cosas, las que al final, no son las que deseamos, porque no definen nuestro ser y nuestro anhelo más profundo: porque éstos, han quedado sepultados, invisibles, prácticamente inaccesibles… 

Cuando de pronto nos detenemos en un punto de la vida, para vislumbrar que toda nuestra exitencia ha sido una suma de renuncias, siempre creciente y constante… Que no ha sido fácil y que no hemos podido aferrarnos caprichosamente a nada. Ni tesón ni fortaleza, nos han sostenido en esta vertiginosa carrera. Y cuántas veces nos hemos descubierto con el alma y las manos vacías… quizás rotos, destrozados. Asomándonos apenas, otra vez temerosos, pero con ansias renovadas de volver a ser y estar enteros, aunque esto nos requiera siempre, más renuncias.

Y volvemos al ruedo de la vida, sin haber salido nunca…