viernes, 25 de septiembre de 2015

Recordando... Noviembre de 2012

Ayer fue un día que se preveía sereno, como casi todo domingo de mi vida. Llevo en general una vida sencilla y un orden que pretendo atesorar más allá de las vicisitudes que no pueden evitarse y que hay que enfrentar. Hablo de esas de “sí o sí”, de las que no dan tregua ni admiten rodeos porque si los hubiera, de seguro los encontraría y atreviéndome a confiar casi con temeridad, saldría airosa. Caminaba. Respiraba. La brisa estaba fresca y el clima templado. Hasta las calles que cotidianamente recorro, me parecían más apacibles que de costumbre. El destino hacia el cual me encaminaba, era de lo más amable para mí y mi corazón ya reposaba en ese encuentro que se repite y no, domingo a domingo, porque el resultado es siempre novedoso aunque parezca más de lo mismo. Iba pensando en cosas agradables, eso recuerdo. Volvía a mirar con asombro y pensaba en la mirada de los niños, rogando por ellos para que no perdieran esa inocencia que veo tornárseles cada vez más esquiva y más tempranamente irrecuperable. Pensaba en esa anciana de ochenta y tantos años, mi vecina, que con manifiesta alegría e ilusión cuasi infantil, se recreó mirando ayer a ese pequeño colibrí que libaba las azuladas florecitas del jardín de mi madre. Y mi madre pretendía distraerla con no sé qué chismerío mientras mi mirada se deleitaba posándose primero en el rostro absorto de aquella ancianita vuelta de pronto una niña y luego en ese colibrí multicolor, movedizo y vibrante. Vino a mi mente ese “proyecto de amazonas” que mi madre había logrado generar en el patio de casa cultivando como en un símil edén, plantas de toda especie que llegara a sus manos. Cómo ella misma se jactaba de tener la capacidad de hacer florecer especies casi imposibles de lograr para cualquier otro ser humano. Mi madre y su devoción religiosa por los vegetales. Mi vecina me ayudó a volver a recordar lo bueno que resulta dejarse sorprender por esas pequeñas cosas que a veces voy dejando en el olvido porque paso sin mirarlas, sin percatarme de ellas aunque están ahí para maravillarme. Ella, pensé, después de tantos años y de ver tantas cosas, a través de sus ojos cansados y gastados, puede volver a mirar con un asombro infantil y conmoverse por eso. ¡Qué belleza! De pronto todos esos años e imágenes se hicieron polvo y la magia de un instante la convirtió en una niña. Sentí envidia, debo reconocerlo. En mi ir y venir vertiginoso, pierdo muchas veces lo que me propuse no perder de vista nunca: lo esencial de la vida, vivir en mi centro y allí encontrarme a mí encontrando a Dios. Luego volví mis ojos hacia los jacarandás florecidos y las alfombras añiles que van dejando en el suelo. Recordé a una persona que mencionó que había redescubierto su lugar desde otra perspectiva a través de esta visión tan simple y a la vez maravillosa. Yo le dije que a mí también me gustan mucho estos arbolitos de color tan peculiar. He de confesar que es una de las frustraciones ocultas de mi madre. Nadie vaya a decirle por qué no tiene un jacarandá en su casa: podría ofenderse gravemente. No lo tiene porque no pudo lograr que sobrevivan y se secan antes de florecer. Aunque esta condición puede cambiar de un momento a otro. Lo mismo sucedía con la estrella federal, y en la actualidad hay brotes de esta planta en cada rincón del jardín. Quizás cada cosa tiene su tiempo y no llegó aún el de los jacarandás. Por suerte no faltan en los alrededores de mi casa, y me deleito viéndolos por todas partes. Supongo que debe ser una de las plantas favoritas de nuestro intendente, que tanto las ha hecho proliferar. A medida que avanzaba en mi camino divisé un ceibo colmado de flores, derramando sus lágrimas carmesíes en la vereda y hasta un poco más allá, alcanzando la calle. Me puse a pensar en el por qué es nuestra flor nacional y que debe haber detrás de esto una historia desconocida que me propuse investigar cuanto antes. Seguramente es un árbol autóctono, pensé. Y así continué admirando la flora que abunda por aquellas calles y venía a mi mente la idea de que cada vez veo a más gente ocupándose de los animalitos callejeros. Tachos con agua en las veredas. Alimento para perros desparramado por doquier. Caricias dadas al azar. ¿De qué se tratará esta nueva toma de conciencia, esta ternura que se despierta hacia esos seres tantas veces indefensos y maltratados? Primero se apiada una persona y luego otra, y me voy enterando de que hay muchos detrás de esta campaña silenciosa y caritativa hacia los animales. A mí misma este año me tocó el corazón y adopté una pequeña gatita que mientras escribo estas palabras, dormita plácidamente sobre la cama que prometí jamás ceder a ningún animal. Pero he aquí la puesta a prueba de mi flexibilidad. Y sí, pretendo ser permeable al cambio y celebro que no soy obcecada por el sólo hecho de serlo, salvo cuando la situación y circunstancia lo ameritan y comprendo que no es obstinación de mi parte, sino firmeza necesaria.
En fin, la caminata llegaba a su fin… pero a pocos metros de alcanzar la meta, me detuvo la noticia infausta, la ocasión ineludible, la que no permite treguas ni rodeos, el enfrentarme a la temible falta de respuestas ante una situación que de pronto oscureció el cielo y tornó todo más oscuro, inexplicable y tenebroso. Una voz que desdibujó de un solo trazo el panorama simple y luminoso que mi mente había forjado en el camino. Me quedé sin palabras amenas, sin ideas bonitas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y el alma al mismo tiempo. De pronto necesitaba retornar a lo profundo de mi ser, desde donde pudiera quizás, emerger algo de claridad o una plegaria al menos. Lo demás, no lo puedo nombrar por lo terrible, pero son cosas que también, inexplicablemente, inevitablemente, pasan.

viernes, 18 de septiembre de 2015

A mis amigos

Esto que escribo intenta dar respuesta a algunas inquietudes de distintas personas que se han acercado a mí en estos últimos días en busca de consuelo o de consejo ante diversos acontecimientos que se están dando en nuestra humanidad.  La verdad es que muchas veces a mí también las respuestas se me hacen esquivas…  Pero hoy, gracias a Dios, bastó una situación de esas que no es tan raro que se den durante el ejercicio de la docencia, para echar un poco de luz a este asunto.  Estaba en una de las escuelas secundarias en las que trabajo, cerrando el segundo informe anual de calificaciones.  A varios, de los más de cuarenta alumnos que asisten a este curso, al entregarles su nota les dije que intentaran esforzarse un poco más en el último trimestre, y luego se retiraban asintiendo con la cabeza o diciendo “sí, profe”.  Uno de ellos, sin embargo, lejos de dar la respuesta esperada (o no), contestó “¿Y para qué?”.  Esas tres palabritas resonaron muy profundamente dentro de mí y me llevaron a cuestionarme y replantearme muchas cosas.  No tuve demasiados argumentos en ese instante para darle una contestación convincente y ni siquiera estoy segura de que quisiera convencerlo de lo contrario…  No porque piense que es vano esforzarse en esta vida y dar lo mejor de uno mismo desde el corazón: eso lo creo firmemente.  Pero, hay un fundamento para  nuestras acciones y actitudes ante la vida que hace que, si ese fundamento falta, todo esfuerzo parezca vano y sin sentido.  ¿Quién, que tenga un poco de cordura, gastaría sus fuerzas y energías en mejorarse a sí mismo para una vida que no es sino un verdadero valle de lágrimas, dolores, pesadumbre, decepciones, pérdidas constantes, amargura…?  Yo no lo haría, definitivamente.  

Vivimos en un mundo en el cual el materialismo se ha vuelto el gran protagonista.  Aún muchos de los que nos llamamos cristianos, somos ateos  y materialistas en la práctica.  Hablamos de Dios, decimos que creemos en Él, pero vivimos y actuamos como si no existiera…  Le quitamos a nuestra vida y a nuestras actitudes el cimiento y fundamento sobre el cual deberían estar sustentadas.  ¿Y qué nos queda?  Muchos se preocupan de los acontecimientos, de supuestos cataclismos por venir…  Pero del cataclismo que hay en el alma y en el corazón del hombre, son pocos los que se acuerdan.  Porque del corazón del hombre sin Dios, emergen las peores y más terribles calamidades que ni siquiera somos capaces de imaginar.  ¿Esforzarse y trabajar por esta vida?  Yo repito con mi alumno ¿Y para qué? 

Algunos piensan aún como siempre han pensado tantos: “estos cristianos…  que rezan y se privan de tantas cosas en esta vida por una supuesta vida después de la muerte… ¡vaya tontos!”.  Lo que no saben es que no es necesario morir literalmente hablando, porque si esta vida la vivimos con Cristo, se transfigura ya en vida eterna.  Es por eso que el verdadero cristiano, encuentra felicidad y consuelo aún en medio de lo que podrían considerarse como tremendas fatigas, sufrimientos y tribulaciones.  No por una vida que esperamos, sino por una vida que YA estamos viviendo.  Dios no nos necesita héroes, ni triunfadores, ni gloriosos…  El más humilde, el más pequeño, es el que más cerca está de Dios porque más necesitado se sabe de Él.  
 

Ojalá entendamos con el corazón esta realidad de que más necesitamos a Dios cuanto más débiles nos sentimos.  Dios es amor y el amor no conoce de límites a la hora de abrazar nuestra pobreza, nuestra enfermedad, nuestra debilidad…  Dios perdona porque ama, y perdona siempre que se lo pedimos.  Debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y a perdonar de corazón a los demás...  Se hace necesario y urgente vivir en el perdón, dado y recibido.  
Perdonar, comprender, amar...   

Por otra parte, si seguimos los mensajes dados por nuestro Señor Jesús y por María, nuestra Madre del Cielo, tratemos de ir a la parte medular del mensaje que siempre fue, es y será, la conversión del corazón a Dios, volver a Él, arrepentirnos, dejar el camino del mal y ser personas de paz, como verdaderos hijos suyos...  Hay quienes siguen los mensajes con un afán de escudriñar misterios, encontrar "algo" extraordinario, nuevo...  Anticipar catástrofes naturales, guerras y otros flagelos a nivel global.  Ese no es el camino...  Eso es perder tiempo precioso e irrecuperable. La Santísima Virgen siempre nos pide lo mismo: oración, oración, oración.   Su mensaje no ha variado a través de los siglos y ¿quién mejor que Ella sabe tan bien lo que necesitamos?  ¿Quién nos querrá más plenamente felices sino Ella?  "Hagan lo que Él les diga", he aquí el eco incesante que resuena desde hace dos mil años para todos sus hijos... Cualquier otra cosa es distracción, vanidad de vanidades y correr tras el viento.