domingo, 21 de diciembre de 2014

La Cruz





La cruz, la simple cruz, rústica, inacabada. La de retablo incierto pero no inconsistente. De madera grisácea, más bien, amarronada. La concreta.

Forjada de un árbol noble que con otros, engalanaba el monte o algún bosque pletórico de especies vegetales. Árbol en cuyas ramas, anidaban las aves, acurrucadas ante el frío tenaz de las noches de invierno, y que llenaban con sus gorjeos alegres la alborada. De fronda espesa bajo la cual solían refrescarse peregrinos o trabajadores fatigados, que reposaban del ardiente estío.


Pero he aquí, el destino ineludible, el leñador lo sondeó, lo vio sin oquedades, sin atisbos de podredumbre en la corteza, ni de gusanos corroyendo la madera y le agradó su porte, austero pero firme; le pareció propicio para múltiples usos. Decidido, imperturbable, asestó un golpe certero, con su brazo recio y su herramienta por demás, bien afilada. Sólo el estrépito seco de su hacha tajante resonó por los rincones de aquel bosque. Lejos rodaron los nidos y los trinares de pájaros alegres. Puso fin a la historia de aquella sombra fresca en el verano.


Primero, se secaron las hojas en un montículo ignoto que se formó en el suelo y luego el tronco, se fue deshidratando poco a poco, agonizando en trozos. El aprendiz de carpintero, al fin empleó su oficio, mas no con mucha diligencia, pues la ocasión no lo valía. Apenas una cruz, era el encargo. Un aprendiz cualquiera era el más probo para llevarlo a cabo. Una de vigas cruzadas, no hacía falta pericia, sólo encastrarlas firmemente como para sostener el peso necesario, inerte. Se tomaron medidas, no muchas, pues como queda dicho, la ocasión, no lo ameritaba. Sólo las suficientes, el largo de un cuerpo, un poco más y el ancho de unos brazos abiertos.


He aquí el árbol, convertido en patíbulo por pérfida ocurrencia humana; elemento eficaz de vil tortura, de humillación y muerte. Dos inocentes ya inseparables en un mismo destino, clavados ambos, llorando el árbol aún la muerte de su savia. Hecho cruz, anclada en la tierra rocosa, taladrando el suelo.


La cruz, de la cual pende el cuerpo lacerado, el corazón aún latiente, apenas latiente, del condenado. La de gruesas astillas que desgarran aún más las carnes desangradas. Ahora empapada, roja, multicolor, vibrante. La señalada, hacia la que todos miran sin lograr quitar de allí la vista, aunque en principio espante y estremezca. De pronto, no eran ya los cánticos de aves que se oían, sino sollozos, gemidos y lamentos que rasgaban esa atmósfera trágica. Y una melodía suave, angélica, percibida por pocos, se vertía copiosa en el espacio.De pronto se volvía sombra fresca bajo la cual todos pudieran refrescarse, descansar. La cruz, la rústica y sublime, toda en una. La cruz de luz. La de madera inerme, quizás tosca. La clavada en lo alto, en una cima, erguida en su misterio impenetrable. La que sostiene el cuerpo atormentado. Sobre ella yace el inocente muerto y desde abajo los culpables miran.


Aquella que en el tiempo se tornó herrumbre y partículas dispersas en el aire, mas perpetuada en la memoria, aparece aún entera, inalterable.

Reflexión

Comunicación





      El aire comunica, es apertura: le permite a la brisa fluir y aún al mismo huracán, no lo detiene.  Está en ambos y los acompaña en su recorrido, pero no es la brisa, ni es el huracán. Él, se permite ser… a veces es serenidad, otras veces fuerza que arrasa, pero no pierde su esencia de ser simplemente “aire”.

      Está bajo la tierra, para no sofocarla; está en el agua, en las alturas vuela entre las nubes y se contamina en las grandes urbes más densamente pobladas.  Se renueva entre las altas y magníficas arboledas de los bosques, pero también se complace permaneciendo en la llanura, escondido entre las florecitas que ocultamente crecen en los prados. 

      Alimenta el fuego, y aviva la última chispa para que no se apague. Está presente en el suspiro de un niño entredormido y no desiste hasta el último aliento de aquel que se despide de esta vida.

      Está en tus pulmones y en tus venas: sin el aire, no vives, no respiras… Tu corazón, no late.  El aire está entre tus palabras y las mías, tornando audible cualquier ruido o sonido.

      Sin embargo, no lo vemos, no tiene una entidad visible ni una forma definida que podamos apreciar o describir sino que sólo lo podemos sentir y percibir.

      El aire, es un misterio para el hombre, pero apenas una imagen de una realidad suprema que lo trasciende mucho más.


      Cuando puedas, retírate a un lugar tranquilo donde puedas reposar.  Respira hondo, toma consciencia de cómo el aire que entra en ti, te recorre por dentro, llevando vida a cada parte de tu cuerpo.  ¡Aún los pequeñísimos poros de tu piel, respiran!  Por eso, también siéntelo en tu piel, acariciándote con su frescura y con su suavidad.  Déjalo que te abrace, ¿a dónde te transporta?