¿Cuántas veces, el silencio nos reclama a lo largo del camino?... pero seguimos de largo, inmersos en el ruido y en la monotonía. Nada bueno se gesta en la vorágine, por el contrario, allí es donde encontramos poco a poco la muerte, y sólo eso: vacío y soledad.A veces me pregunto qué había allí, en ese silencio y simplicidad, donde cada pequeña célula de mi cuerpo, iba multiplicándose. Donde se formaron mis huesos, mi carne y mi sangre. En el silencio.
¿Puede el ruido engendrar algo más que ruido y desasosiego? Pienso que es natural que existan esas ansiedades y angustias en nuestro espíritu en los tiempos que vivimos, porque nuestro ser está habituado desde el principio de su existencia, al silencio. Nuestro espíritu clama por la necesidad del silencio, porque es allí donde Dios nos sigue creando y recreando incesantemente. Suelo decir que hay que buscar las respuestas no fuera, sino dentro de nosotros mismos. Y cierta estoy de que lo digo en este sentido. Si nos convencemos de que el silencio y la soledad son sólo pérdida de tiempo, que debemos vivir la vida atiborrados de ruidosas emociones, de compañías vertiginosas, es porque aún no hemos aprendido lo esencial. Si pensamos que necesitamos de "otro" o de las cosas para que nuestra vida sea sensiblemente vivida, viviremos dispersos, sin hallar el sentido verdadero y profundo. Recorreremos un camino de sombras, de "no" respuestas, de "no" búsqueda, y en definitiva, de "no" aprendizaje.
El silencio es maestro de sabiduría, porque nos prepara interiormente para el encuentro cara a cara con la Sabiduría. No huyamos entonces. ¿Por qué no aprender el valor de la quietud? Quietud del alma, del cuerpo y de los sentidos. No deberíamos negarnos esta experiencia transformadora: la de encontrar un lugar dentro de nosotros, donde no es preciso oír ni ver lo exterior. Abrir el corazón para dejar entrar la luz. Antes, fuimos expuestos a ella forzosa y dolorosamente. Ahora, ella nos reclama desde adentro.