Ayer fue un día que se preveía sereno, como casi todo domingo de mi vida. Llevo en general una vida sencilla y un orden que pretendo atesorar más allá de las vicisitudes que no pueden evitarse y que hay que enfrentar. Hablo de esas de “sí o sí”, de las que no dan tregua ni admiten rodeos porque si los hubiera, de seguro los encontraría y atreviéndome a confiar casi con temeridad, saldría airosa. Caminaba. Respiraba. La brisa estaba fresca y el clima templado. Hasta las calles que cotidianamente recorro, me parecían más apacibles que de costumbre. El destino hacia el cual me encaminaba, era de lo más amable para mí y mi corazón ya reposaba en ese encuentro que se repite y no, domingo a domingo, porque el resultado es siempre novedoso aunque parezca más de lo mismo. Iba pensando en cosas agradables, eso recuerdo. Volvía a mirar con asombro y pensaba en la mirada de los niños, rogando por ellos para que no perdieran esa inocencia que veo tornárseles cada vez más esquiva y más tempranamente irrecuperable. Pensaba en esa anciana de ochenta y tantos años, mi vecina, que con manifiesta alegría e ilusión cuasi infantil, se recreó mirando ayer a ese pequeño colibrí que libaba las azuladas florecitas del jardín de mi madre. Y mi madre pretendía distraerla con no sé qué chismerío mientras mi mirada se deleitaba posándose primero en el rostro absorto de aquella ancianita vuelta de pronto una niña y luego en ese colibrí multicolor, movedizo y vibrante. Vino a mi mente ese “proyecto de amazonas” que mi madre había logrado generar en el patio de casa cultivando como en un símil edén, plantas de toda especie que llegara a sus manos. Cómo ella misma se jactaba de tener la capacidad de hacer florecer especies casi imposibles de lograr para cualquier otro ser humano. Mi madre y su devoción religiosa por los vegetales. Mi vecina me ayudó a volver a recordar lo bueno que resulta dejarse sorprender por esas pequeñas cosas que a veces voy dejando en el olvido porque paso sin mirarlas, sin percatarme de ellas aunque están ahí para maravillarme. Ella, pensé, después de tantos años y de ver tantas cosas, a través de sus ojos cansados y gastados, puede volver a mirar con un asombro infantil y conmoverse por eso. ¡Qué belleza! De pronto todos esos años e imágenes se hicieron polvo y la magia de un instante la convirtió en una niña. Sentí envidia, debo reconocerlo. En mi ir y venir vertiginoso, pierdo muchas veces lo que me propuse no perder de vista nunca: lo esencial de la vida, vivir en mi centro y allí encontrarme a mí encontrando a Dios. Luego volví mis ojos hacia los jacarandás florecidos y las alfombras añiles que van dejando en el suelo. Recordé a una persona que mencionó que había redescubierto su lugar desde otra perspectiva a través de esta visión tan simple y a la vez maravillosa. Yo le dije que a mí también me gustan mucho estos arbolitos de color tan peculiar. He de confesar que es una de las frustraciones ocultas de mi madre. Nadie vaya a decirle por qué no tiene un jacarandá en su casa: podría ofenderse gravemente. No lo tiene porque no pudo lograr que sobrevivan y se secan antes de florecer. Aunque esta condición puede cambiar de un momento a otro. Lo mismo sucedía con la estrella federal, y en la actualidad hay brotes de esta planta en cada rincón del jardín. Quizás cada cosa tiene su tiempo y no llegó aún el de los jacarandás. Por suerte no faltan en los alrededores de mi casa, y me deleito viéndolos por todas partes. Supongo que debe ser una de las plantas favoritas de nuestro intendente, que tanto las ha hecho proliferar. A medida que avanzaba en mi camino divisé un ceibo colmado de flores, derramando sus lágrimas carmesíes en la vereda y hasta un poco más allá, alcanzando la calle. Me puse a pensar en el por qué es nuestra flor nacional y que debe haber detrás de esto una historia desconocida que me propuse investigar cuanto antes. Seguramente es un árbol autóctono, pensé. Y así continué admirando la flora que abunda por aquellas calles y venía a mi mente la idea de que cada vez veo a más gente ocupándose de los animalitos callejeros. Tachos con agua en las veredas. Alimento para perros desparramado por doquier. Caricias dadas al azar. ¿De qué se tratará esta nueva toma de conciencia, esta ternura que se despierta hacia esos seres tantas veces indefensos y maltratados? Primero se apiada una persona y luego otra, y me voy enterando de que hay muchos detrás de esta campaña silenciosa y caritativa hacia los animales. A mí misma este año me tocó el corazón y adopté una pequeña gatita que mientras escribo estas palabras, dormita plácidamente sobre la cama que prometí jamás ceder a ningún animal. Pero he aquí la puesta a prueba de mi flexibilidad. Y sí, pretendo ser permeable al cambio y celebro que no soy obcecada por el sólo hecho de serlo, salvo cuando la situación y circunstancia lo ameritan y comprendo que no es obstinación de mi parte, sino firmeza necesaria.
En fin, la caminata llegaba a su fin… pero a pocos metros de alcanzar la meta, me detuvo la noticia infausta, la ocasión ineludible, la que no permite treguas ni rodeos, el enfrentarme a la temible falta de respuestas ante una situación que de pronto oscureció el cielo y tornó todo más oscuro, inexplicable y tenebroso. Una voz que desdibujó de un solo trazo el panorama simple y luminoso que mi mente había forjado en el camino. Me quedé sin palabras amenas, sin ideas bonitas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y el alma al mismo tiempo. De pronto necesitaba retornar a lo profundo de mi ser, desde donde pudiera quizás, emerger algo de claridad o una plegaria al menos. Lo demás, no lo puedo nombrar por lo terrible, pero son cosas que también, inexplicablemente, inevitablemente, pasan.