A diferencia de aquellas creencias paganas, los cristianos sabemos que somos hijos del único y verdadero Dios infinitamente misericordioso. Jesucristo, al declararse en los evangelios "Señor del sábado" (*2), hacía extensivo este señorío suyo y por lo tanto, también nuestro, a cada día, cada hora, cada segundo que forma parte de la historia de la Humanidad. Él es el Señor de la Historia.
Existe una leyenda que evoca lo siguiente: "El tiempo es la oportunidad que Dios nos da para que nos enamoremos de Él". He ahí el sentido más pleno que podemos darle a los días, meses o años que vivimos como peregrinos en este mundo. Para esto, es preciso tornar al silencio, a la oración y en definitiva, a la meditación que no es otra cosa que la escucha atenta de la Palabra de Dios, ya que nadie amará a quien no conoce. Para eso necesitamos "darnos" tiempo, qué curioso suena, ¿verdad? Ganarlo sin dispersarnos por tantas preocupaciones y afanes cotidianos. Dejando a la misericordia de Dios, el pasado y a su cuidado y providencia, el futuro, para ocuparnos del presente que nos toca, asistidos por su gracia y su amor.
Sólo unidos a Jesús, que es la vid, podremos dar los frutos que el Padre espera encontrar en nosotros... Ojalá no lleguemos a su presencia, en el postrero día, sin conocerlo y sin haberlo amado y servido porque no tuvimos tiempo para dedicarle a Él, dado que tuvimos tanto en que ocuparnos. Pero no nos ocupamos de lo esencial: enamorarnos de Dios. ¿Cómo podremos lograrlo si a causa de estar siempre apurados, somos engullidos por el vertiginoso estilo de vida que se nos impone actualmente desde afuera? Y que desconoce nuestro ser interior y nos hace menos humanos, insatisfechos, incapaces de ser plenamente felices, porque no fuimos creados para vivir de esa manera. No podemos continuar ignorando los gemidos de nuestro espíritu aprisionado y atribulado en medio de esta loca carrera hacia ninguna parte. ¿Cómo encontrar a ese Dios que no se manifiesta en la furia del huracán (*3), ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa suave? Recordemos que al fin de cuentas, todo es más sencillo de lo que parece según nuestro complejo modo de ver la realidad y las cosas.
Existe una regla muy simple dada por San Ignacio de Loyola, que dice así: "Todo es bueno, en tanto y en cuanto, me acerca a Dios. Todo es malo, en tanto y en cuanto, me aleja de Dios". Y San Agustín proclamaba: "Ama... y haz lo que quieras". He ahí la síntesis del camino a seguir. Quizás vaya siendo hora de poner en práctica estas palabras que en muy poco, dicen mucho. Empezar a ver claramente tras qué cosas corremos y perdemos por ellas la calma y la capacidad del silencio interior para escuchar el llamado amoroso del Buen Pastor. ¿Serán verdaderamente tan importantes como para arriesgar por ellas la eternidad que Dios nos ofrece?
Qué bueno sería que nos fuera concedida la misma gracia que recibió aquel santo al que le preguntaron qué sería lo mejor que podría estar haciendo en el momento en que Dios lo llamara a su presencia y respondió: "Exactamente esto que estoy haciendo ahora". Y continuó jugando...
(*1) http://mitologiagrecorromana.idoneos.com/307551/
(*2) Sabbat: día sagrado por excelencia para los judíos, (Marcos 2:23-28)
(*3) 1Re 19, 3-15
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