No ha pasado tanto tiempo, si lo pienso... ¿Tal vez tres o cuatro años? Suficiente como para haber dilucidado unas cuantas verdades, para haber soltado amarras y comenzar a ensayar un nuevo vuelo.
No es que antes no volara. No es que no volara alto. Pero volaba distinto. No sé, quizás ha variado mi plumaje; lo noto ahora más colorido y brillante y más candorosamente desordenado. Mis ansias de volar alto no dejan de estar presentes y a eso puede deberse que se hayan desordenado mis plumas y que el sol las haya tornado más brillantes y que mi peso en las alturas, ya no se sienta tanto. Pareciera que me elevan sin esfuerzo de mi parte y que, con las alas desplegadas, permanezco en el aire sin fatigas, suavemente llevada por el viento.
Creo que, cuando me tomaron esta foto, mi mente cavilaba demasiado. Había en mi cabeza un torbellino de ideas, un rumor irritable y constante. No estaba mal... pero tampoco bien y ni siquiera sé si hoy lo estoy, pero eso, no me preocupa tanto como antes. Tenía muchas lágrimas por llorar y aún me restan muchas. En eso, no ha variado mi existencia. Pero ahora soy más permisiva con la risa. Me permito estar alegre sin motivos aparentes y ni yo misma sé, a veces, por qué me río o qué me causa gracia. Me hace bien reír, me sienta bien, me vuelve a instancias de mi vida que creía perdidas para siempre, como la infancia o la parte más jocosa y desenfadada de la adolescencia.
En esto, pienso que han tenido mucho que ver mis pequeños y no tan pequeños alumnos. Porque se ríen de cosas que parecen tontas o sin sentido por tan simples. Y se ríen con tantas ganas, que contagian. Y contagian también, un poco de su perspectiva ante la vida, de su visión cuasi mágica del mundo, de su sincretismo de ideas donde conviven en paz y armonía las hadas, los duendes, las sirenas y los unicornios, junto a la realidad más cruda y ese desenfrenado amor por las tecnologías que los atraviesa.
¡Yo aprendo tanto de ellos! No sé si ellos, aprenderán tanto de mí. Y son tan dulces, que por momentos, me vuelvo una chiquilina más. ¿Cómo explicarlo? Me siento niña otra vez. Esa niña que guardé hace mucho tiempo en el arcón de los recuerdos, se asoma cuando ella quiere, traviesa, juguetona, con una sonrisa dulce y amable, sin malicia.
Lo único que me produce temor, es la blandura de ese corazón. En esos momentos, me transformo en un ser totalmente vulnerable, inocente y confiado.
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