
La cruz, la simple cruz, rústica, inacabada. La de retablo incierto pero no inconsistente. De madera grisácea, más bien, amarronada. La concreta.
Forjada de un árbol noble que con otros, engalanaba el monte o algún bosque pletórico de especies vegetales. Árbol en cuyas ramas, anidaban las aves, acurrucadas ante el frío tenaz de las noches de invierno, y que llenaban con sus gorjeos alegres la alborada. De fronda espesa bajo la cual solían refrescarse peregrinos o trabajadores fatigados, que reposaban del ardiente estío.
Pero he aquí, el destino ineludible, el leñador lo sondeó, lo vio sin oquedades, sin atisbos de podredumbre en la corteza, ni de gusanos corroyendo la madera y le agradó su porte, austero pero firme; le pareció propicio para múltiples usos. Decidido, imperturbable, asestó un golpe certero, con su brazo recio y su herramienta por demás, bien afilada. Sólo el estrépito seco de su hacha tajante resonó por los rincones de aquel bosque. Lejos rodaron los nidos y los trinares de pájaros alegres. Puso fin a la historia de aquella sombra fresca en el verano.
Primero, se secaron las hojas en un montículo ignoto que se formó en el suelo y luego el tronco, se fue deshidratando poco a poco, agonizando en trozos. El aprendiz de carpintero, al fin empleó su oficio, mas no con mucha diligencia, pues la ocasión no lo valía. Apenas una cruz, era el encargo. Un aprendiz cualquiera era el más probo para llevarlo a cabo. Una de vigas cruzadas, no hacía falta pericia, sólo encastrarlas firmemente como para sostener el peso necesario, inerte. Se tomaron medidas, no muchas, pues como queda dicho, la ocasión, no lo ameritaba. Sólo las suficientes, el largo de un cuerpo, un poco más y el ancho de unos brazos abiertos.
He aquí el árbol, convertido en patíbulo por pérfida ocurrencia humana; elemento eficaz de vil tortura, de humillación y muerte. Dos inocentes ya inseparables en un mismo destino, clavados ambos, llorando el árbol aún la muerte de su savia. Hecho cruz, anclada en la tierra rocosa, taladrando el suelo.
La cruz, de la cual pende el cuerpo lacerado, el corazón aún latiente, apenas latiente, del condenado. La de gruesas astillas que desgarran aún más las carnes desangradas. Ahora empapada, roja, multicolor, vibrante. La señalada, hacia la que todos miran sin lograr quitar de allí la vista, aunque en principio espante y estremezca. De pronto, no eran ya los cánticos de aves que se oían, sino sollozos, gemidos y lamentos que rasgaban esa atmósfera trágica. Y una melodía suave, angélica, percibida por pocos, se vertía copiosa en el espacio.De pronto se volvía sombra fresca bajo la cual todos pudieran refrescarse, descansar. La cruz, la rústica y sublime, toda en una. La cruz de luz. La de madera inerme, quizás tosca. La clavada en lo alto, en una cima, erguida en su misterio impenetrable. La que sostiene el cuerpo atormentado. Sobre ella yace el inocente muerto y desde abajo los culpables miran.
Aquella que en el tiempo se tornó herrumbre y partículas dispersas en el aire, mas perpetuada en la memoria, aparece aún entera, inalterable.
1 comentario:
Es bellísimo. Es como si estuvieses ahí, en ese momento. Felicitaciones...
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