sentada en la vereda,
que de tan sólo mirarla,
se han conmovido las piedras.
Las estrellas en lo alto
de lo bajo, no se enteran:
ella sólo ve penumbras
y nebulosas tinieblas.
El rocío de sus ojos
moja la tierra reseca
y va brotando una flor
sin que la niña lo sepa.
Hay una niña llorando
en la noche que se acerca
y a lo lejos se oyen cantos
y algarabía de fiestas.
La niña sigue llorando,
arrullada en su honda pena
esperando ver el día
en que emergerá la flor
de lo hondo de la tierra.
Llora, mi niña, que el sueño
vendrá por darte descanso:
ya se perciben tus párpados
reclamando su presencia.
Crece la flor, y la niña
se ha dormido en la vereda;
en la quietud de la noche,
se estremece, sueña y tiembla,
y aunque el sueño vino al punto
el descanso se le niega.
Sigue soñando y llorando,
que el llanto al soñar alterna,
(no despertará tranquila
ni desahogará su pena:
pues le robaron sus sueños
aunque sea tan pequeña,
pero verá aquella flor
creciendo de la honda tierra
y donde vertió su llanto
allí mismo la contempla).
Llora, niña, mas no olvides
estas flores que nacieran
de tus lágrimas amargas
que el mundo no comprendiera.
Yo te comprendo, mi niña,
sola en la noche serena
a la intemperie del tiempo
¡que es un tiempo de tinieblas!
Si de rodillas, vencida,
nació una plegaria nueva,
surgirán aves y rosas,
verás de lejos la piedra
que entorpecía el camino
impidiendo ver la huella.
Otros pasos te preceden
niña que en la noche rezas,
y son pasos bendecidos
por el rocío vertido
en una mañana nueva.
Abre tus ojos, contempla,
¡levántate de la tierra!

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