lunes, 12 de diciembre de 2016

Allá por 01/09/2012

Hay una niña llorando,

sentada en la vereda,

que de tan sólo mirarla,

se han conmovido las piedras.




Las estrellas en lo alto

de lo bajo, no se enteran:

ella sólo ve penumbras

y nebulosas tinieblas.




El rocío de sus ojos

moja la tierra reseca

y va brotando una flor

sin que la niña lo sepa.




Hay una niña llorando

en la noche que se acerca

y a lo lejos se oyen cantos

y algarabía de fiestas.




La niña sigue llorando,

arrullada en su honda pena

esperando ver el día

en que emergerá la flor

de lo hondo de la tierra.




Llora, mi niña, que el sueño

vendrá por darte descanso:

ya se perciben tus párpados

reclamando su presencia.




Crece la flor, y la niña

se ha dormido en la vereda;

en la quietud de la noche,

se estremece, sueña y tiembla,

y aunque el sueño vino al punto

el descanso se le niega.




Sigue soñando y llorando,

que el llanto al soñar alterna,

(no despertará tranquila

ni desahogará su pena:

pues le robaron sus sueños

aunque sea tan pequeña,

pero verá aquella flor

creciendo de la honda tierra

y donde vertió su llanto

allí mismo la contempla).




Llora, niña, mas no olvides

estas flores que nacieran

de tus lágrimas amargas

que el mundo no comprendiera.




Yo te comprendo, mi niña,

sola en la noche serena

a la intemperie del tiempo

¡que es un tiempo de tinieblas!




Si de rodillas, vencida,

nació una plegaria nueva,

surgirán aves y rosas,

verás de lejos la piedra

que entorpecía el camino

impidiendo ver la huella.




Otros pasos te preceden

niña que en la noche rezas,

y son pasos bendecidos

por el rocío vertido

en una mañana nueva.




Abre tus ojos, contempla,

¡levántate de la tierra!

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