Salí a caminar como de costumbre. Entre la multitud desconocida, me llamó la atención reconocer algunos rostros y para mi mayor asombro, de a poco pude ver en ese gentío, a todas las personas que de alguna manera, habían pasado o estaban en mi vida. ¡Ya no veía a extraños a mi alrededor! Pude notar que algunos, caminaban muy cerca de mí en el mismo sentido que yo iba; otros, también
en el mismo sentido pero a mayor distancia. Y aún pude ver a los que venían por la mano contraria y que nos cruzábamos y mirábamos por un brevísimo instante. Ante esta visión, quedé maravillada y sin respuestas. Una voz, clara y suave se oyó dentro de mi corazón. –Míralos, dijo con suavidad y firmeza a la vez. Entonces, mi andar se hizo más lento, giré mi cabeza hacia ambos lados observando a cada uno sin lograr salir de mi asombro. -No entiendo, pensé. Y nuevamente la voz dentro de mí: –No hay nada que entender. Si ya los has mirado y los has reconocido, ahora, pídeles perdón. -¿Pedirles perdón? ¿Pero, de qué específicamente? No con todos ellos me he comportado de la misma manera. A algunos los he tratado mejor que a otros, eso sí, pero ¿sobre qué mal que les he hecho tengo que pedirles perdón? Entonces, oí claramente un suspiro profundo, como el que deja escapar alguien que con paciencia infinita hubiera tolerado largamente mi incapacidad para entender ciertas cosas. –No es tanto por el mal que les hayas hecho. Es, mejor dicho, por el bien que habiendo podido hacer por ellos, les rehusaste. Por las veces que callaste, cuando necesitaban tu consejo o incluso un llamado de atención que quizás no hubieran sabido reconocer en su momento, pero por el cual luego hubieran sido capaces de reconocer su error y arrepentirse. Por las veces en que los criticaste o no los defendiste ante las injusticias. Por las veces en que te necesitaron, y no estuviste allí para ayudarlos. Por las veces en que te esperaron, y les negaste tu presencia. Por las promesas y propósitos incumplidos. Por todo aquello que esperaban recibir de ti, y que los dejó de tu parte, con las manos vacías. Por cada vacío y cada herida que dejaste en estos corazones. Al oír estas palabras, pude por primera vez, sentir todas esas fallas y errores cometidos y por primera vez, desde mi corazón, profundamente avergonzada y arrepentida, les pedí perdón con lágrimas en los ojos.
Luego, continué observándolos y me alegraba de ver incluso, a aquellos que hacía ya muchos años que no veía. Sin embargo, parecía que ellos no percibían que yo estuviera allí. Y otra vez, la voz, resonó muy dulcemente dentro mío. –No debe importarte que ellos noten tu presencia. Eres tú, quien tiene ahora la posibilidad de traerlos al presente, en el momento actual. Ahora, debes perdonarlos a ellos. –Pero, ¿cómo?, pensé. ¿No han sido acaso suficientes estas lágrimas que he derramado ya? –No. Las faltas de ellos, también te han dejado heridas en tu corazón. Algunas que ni siquiera recuerdas, pero duelen sin saber de dónde proviene ese dolor. También ellos han dejado promesas incumplidas y vacíos que parecen imposibles de llenar en tu vida. Porque los esperabas, pero no vinieron a ti. Los necesitabas y no estuvieron presentes para ayudarte. Los amaste, pero no supieron devolverte amor por amor. Eso, te ha hecho sufrir mucho a lo largo de tu vida y a veces, ni siquiera te has percatado de la causa de tales sufrimientos. ---Pero... ¡No me pueden oír! -Eso no es lo importante. Eres tú quien debes oírte perdonándolos. Llegado el momento, también ellos, lo sabrán.
Alcé mis ojos hacia el cielo gris y brotó desde mi corazón un grito que se convirtió en un eco interminable: ¡Los perdono! Entonces, tuve la sensación de que una pesada carga era arrojada lejos dejando ya aliviadas mis espaldas. Y vi tanto amor no correspondido, tantos desprecios, tantas intolerancias, incomprensiones… en fin, todos los daños que había recibido por parte de los otros y que se iban desdibujando tras el eco de mi grito, como un soplo gigantesco que horadaba las nubes y dejaba nuevamente al descubierto un cielo azul y nítido. Y una alegría y paz enormes, inundaron mi ser.
-Bueno, pensé aliviada, ahora sí, ya está. –Aún no terminamos, exclamó la irresistible y dulcísima voz. -¿Pero qué falta?, pregunté. -Deben saber cuánto los amas. Debes decírcelo a cada uno. Ellos, no podrán responderte ahora. Quizás lo hagan algún día, pero no es algo que tengas que esperar. Ámalos sin que te importe si ellos también te aman a ti. Ámalos, porque Yo los amo. Y ámalos, tal y como Yo los amo, y porque te los entregué a ti, para que los amaras. Después de oír estas palabras, mi interior se revolucionó. -¿Amor?, pensé. –No estoy segura de que ame a todas estas personas, y ni siquiera a una sola de ellas… Y me volvía, para observar sus rostros. Y al reconocer cada rostro, algo hermoso comenzó a surgir desde lo profundo de mi alma, una mirada nueva sobre ellos. Era una alegría inmensa e inefable que experimentaba simplemente por el hecho de verlos. Cada uno de esos rostros conocidos, me era particularmente amado pero como digo, de un modo singular, de tal manera, que no podía saber a ciencia cierta, quién me era más amado y quién menos. Los amaba, porque estaban allí, presentes en el camino de mi vida, porque existían, porque de alguna manera, eran míos. Y comencé a decir al oído de cada uno –Te amo, te amo, te amo. Creo que no escuchaban, pero no me importaba. Al repetir esas palabras, no se agotaba el amor, sino que más se acrecía y se fortalecía en mí.
Supongo que pasó mucho tiempo. Digo supongo, porque en realidad, el número de personas, hombres y mujeres, de todas las edades a las cuales susurré un “te amo” al oído, parecía interminable. Y me sentía tan plena y dichosa, que sentí que ya no cabía en mí tal felicidad y quería compartirla
con todos y cada uno de ellos. –Bien, dijo la voz, ahora sólo resta una cosa. -¡Como digas! Mas no sabría yo qué es lo que puede restar. -Tienes una sóla oportunidad, un sólo abrazo para dar; debes pensarlo muy bien. Cómo expresar que surgió en mí un deseo incontenible de abrazarlos a todos, pero así no eran las reglas, debía elegir tan sólo a una de esas tantas, millares de personas. Y bien, la decisión era mía, ¿a quién iba a abrazar? ¿A quién había amado yo más en mi vida? El rostro de esa persona se hizo presente frente a mí súbitamente. Pero me quedé en silencio, inmóvil, no pude abrazarlo. Una luz penetró en mis pensamientos. Supe que a esa persona, no le debía nada, que ya le había dado todo, porque la había amado con un amor muy puro y muy profundo, más que a nadie en el mundo. –Ya he elegido… -Me parece muy bien, entonces, abraza a esa persona con todo el amor de tu corazón. Y caminé buscando a alguien que no me costó mucho encontrar porque había estado caminando a mi lado, muy cerca, todo el tiempo sin que siquiera la misma muerte, lo hubiera podido alejar de mi presencia. Tan cerca, que en realidad, jamás lo había tomado en cuenta como lo merecía. –Esta no es la persona que más amé en la vida, dije. Pero es la persona que siempre estuvo ahí, a mi lado; a la que tantas veces herí con mis desprecios, con mi indiferencia, sabes. Muchas veces, su figura se tornó invisible para mí, y no lo pude ver tal y como era, no le di oportunidades, lo sometí a mis juicios sin tolerarle nada y le negué tantos abrazos!… por eso lo he elegido. Y para mi sorpresa, cuando lo tuve enfrente y lo miré a los ojos, no hubo indiferencia, sino que me miró con ternura y sin que yo llegara a estrecharlo en mis brazos, se adelantó y me estrechó muy fuertemente entre sus enormes brazos, sintiendo yo que de repente, me volvía pequeñita otra vez, como cuando era niña. Esa persona que me abrazó con tanto amor como jamás había sentido, era mi padre…




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