La soledad del trueno
estrépito de sinrazones
horizontes oscuros
y lejanos destellos.
Destila el cielo
una humedad cuajada
vertida en las entrañas
del océano.
Allí, los submarinos
y los monstruos marinos
se sofocan en el calor
que sube hasta las nubes.
Es incontenible...
la humanidad no puede
rehuir ese flagelo
tan terrible.
La tierra se estremece
y la luna se esconde
en su propio quebranto;
el agua conocida: ¿a dónde está?

Se ha evaporado
y tiembla desnuda
la roca que descansaba
en lo profundo.
Por la furia del viento
los árboles de a poco
van cayendo... desaparecen
el alto y el pequeño.
Se mueven las sombras lastimeras,
más que nunca
pues queda poco tiempo
a sus lamentos.
Y más nunca se oirán
sus quejumbrosas voces
quedando sepultadas
bajo el portal eterno.
El corazón del hombre
por libertad gritaba
y ya no se oye un grito
ni ya se ve una lágrima.
En el rostro, el espanto,
en las manos unidas
la plegaria encendida
sube a las cumbres, hasta el cielo.
La plegaria del alma
se ha unido a aquellas almas
que han hincado las rodillas
dispuestas para orar.
Al unísono
responden otras voces
y se alzan como un himno
hacia lo alto.
Y miras otros rostros
que te miran;
en un mismo sentir
se elevan oraciones.
Al fin se reconocen
los unos a los otros
y al fin llaman
al hermano, hermano.
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