Esto que
escribo intenta dar respuesta a algunas inquietudes de distintas personas que
se han acercado a mí en estos últimos días en busca de consuelo o de consejo
ante diversos acontecimientos que se están dando en nuestra humanidad. La
verdad es que muchas veces a mí también las respuestas se me hacen
esquivas… Pero hoy, gracias a Dios, bastó una situación de esas que no es
tan raro que se den durante el ejercicio de la docencia, para echar un poco de
luz a este asunto. Estaba en una de las escuelas secundarias en las que
trabajo, cerrando el segundo informe anual de calificaciones. A varios,
de los más de cuarenta alumnos que asisten a este curso, al entregarles su nota
les dije que intentaran esforzarse un poco más en el último trimestre, y luego
se retiraban asintiendo con la cabeza o diciendo “sí, profe”. Uno de
ellos, sin embargo, lejos de dar la respuesta esperada (o no), contestó “¿Y
para qué?”. Esas tres palabritas resonaron muy profundamente dentro de mí
y me llevaron a cuestionarme y replantearme muchas cosas. No tuve
demasiados argumentos en ese instante para darle una contestación convincente y
ni siquiera estoy segura de que quisiera convencerlo de lo contrario… No
porque piense que es vano esforzarse en esta vida y dar lo mejor de uno mismo
desde el corazón: eso lo creo firmemente. Pero, hay un fundamento
para nuestras acciones y actitudes ante la vida que hace que, si ese
fundamento falta, todo esfuerzo parezca vano y sin sentido. ¿Quién, que
tenga un poco de cordura, gastaría sus fuerzas y energías en mejorarse a sí
mismo para una vida que no es sino un verdadero valle de lágrimas, dolores,
pesadumbre, decepciones, pérdidas constantes, amargura…? Yo no lo haría,
definitivamente.
Vivimos en
un mundo en el cual el materialismo se ha vuelto el gran protagonista.
Aún muchos de los que nos llamamos cristianos, somos ateos y
materialistas en la práctica. Hablamos de Dios, decimos que creemos en
Él, pero vivimos y actuamos como si no existiera… Le quitamos a nuestra
vida y a nuestras actitudes el cimiento y fundamento sobre el cual deberían
estar sustentadas. ¿Y qué nos queda? Muchos se preocupan de los
acontecimientos, de supuestos cataclismos por venir… Pero del cataclismo
que hay en el alma y en el corazón del hombre, son pocos los que se
acuerdan. Porque del corazón del hombre sin Dios, emergen las peores y
más terribles calamidades que ni siquiera somos capaces de imaginar.
¿Esforzarse y trabajar por esta vida? Yo repito con mi alumno ¿Y para
qué?
Algunos
piensan aún como siempre han pensado tantos: “estos cristianos… que rezan
y se privan de tantas cosas en esta vida por una supuesta vida después de la
muerte… ¡vaya tontos!”. Lo que no saben es que no es necesario morir
literalmente hablando, porque si esta vida la vivimos con Cristo, se
transfigura ya en vida eterna. Es por eso que el verdadero cristiano,
encuentra felicidad y consuelo aún en medio de lo que podrían considerarse como
tremendas fatigas, sufrimientos y tribulaciones. No por una vida que
esperamos, sino por una vida que YA estamos viviendo. Dios no nos
necesita héroes, ni triunfadores, ni gloriosos… El más humilde, el más pequeño, es el
que más cerca está de Dios porque más necesitado se sabe de Él.
Ojalá entendamos con el corazón esta realidad de que más necesitamos a Dios cuanto
más débiles nos sentimos. Dios es amor y el amor no conoce de límites a
la hora de abrazar nuestra pobreza, nuestra enfermedad, nuestra
debilidad… Dios perdona porque ama, y perdona siempre que se lo pedimos.
Debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos y a perdonar de corazón
a los demás... Se hace necesario y urgente vivir en el perdón, dado y
recibido.
Perdonar, comprender, amar...
Por otra parte, si seguimos los mensajes dados por nuestro Señor Jesús y por María, nuestra Madre del Cielo, tratemos de ir a la parte medular del mensaje que siempre fue, es y será, la conversión del corazón a Dios, volver a Él, arrepentirnos, dejar el camino del mal y ser personas de paz, como verdaderos hijos suyos... Hay quienes siguen los mensajes con un afán de escudriñar misterios, encontrar "algo" extraordinario, nuevo... Anticipar catástrofes naturales, guerras y otros flagelos a nivel global. Ese no es el camino... Eso es perder tiempo precioso e irrecuperable. La Santísima Virgen siempre nos pide lo mismo: oración, oración, oración. Su mensaje no ha variado a través de los siglos y ¿quién mejor que Ella sabe tan bien lo que necesitamos? ¿Quién nos querrá más plenamente felices sino Ella? "Hagan lo que Él les diga", he aquí el eco incesante que resuena desde hace dos mil años para todos sus hijos... Cualquier otra cosa es distracción, vanidad de vanidades y correr tras el viento.
Por otra parte, si seguimos los mensajes dados por nuestro Señor Jesús y por María, nuestra Madre del Cielo, tratemos de ir a la parte medular del mensaje que siempre fue, es y será, la conversión del corazón a Dios, volver a Él, arrepentirnos, dejar el camino del mal y ser personas de paz, como verdaderos hijos suyos... Hay quienes siguen los mensajes con un afán de escudriñar misterios, encontrar "algo" extraordinario, nuevo... Anticipar catástrofes naturales, guerras y otros flagelos a nivel global. Ese no es el camino... Eso es perder tiempo precioso e irrecuperable. La Santísima Virgen siempre nos pide lo mismo: oración, oración, oración. Su mensaje no ha variado a través de los siglos y ¿quién mejor que Ella sabe tan bien lo que necesitamos? ¿Quién nos querrá más plenamente felices sino Ella? "Hagan lo que Él les diga", he aquí el eco incesante que resuena desde hace dos mil años para todos sus hijos... Cualquier otra cosa es distracción, vanidad de vanidades y correr tras el viento.

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